Danzar, andar, transfor­mar

Gustavo Emilio Rosales


“El primer bailarín fue vagabundo”, escribió Ko Murobushi. Acto seguido, en el mismo texto, que sirvió de presentación para funciones de su solo Quicksilver, el sensei afirmó: “El primer bailarín fue herrero”.
  Dos tipos de labor. Divagar y transformar, modificar. Labores que implican aplicar impactos, deformar materias, recorrer distancias, disponer condiciones especiales de energía para el desarrollo de procedimientos y procesos. La danza, ante todo, es un trabajo.
  Pero no es un trabajo con el cuerpo, como suele creerse (¿qué trabajo humano, en todo caso, no está hecho con el cuerpo?), sino un trabajo en el cuerpo, desde el cuerpo, para el cuerpo e, incluso, pese al cuerpo. Un oficio de ser, en el cual el verbo ser (como sucede en el idioma inglés) coincide con la expresión del verbo estar.
  Ser un estado. Ser una serie de estados. Y, al estar, ser siendo ese estar; pero también el estar precedente y el estar venidero. La danza es la creación de una especie de tiempo, de un tiempo distinto y singular, declaró Paul Valéry, enmarcando así una condición de los hechos considerables para definir lo danzable: ni campos, ni estelas ni figuras, figuraciones o masas en estado dinámico, sino intensidad: contundente y preclara intensidad. Intensidad que es experiencia.
  La noción de corporalidad como presencia que encarna la experiencia es constitutiva de la danza. Las variantes del mover (derivar, cambiar, mutar, recolocar, variar, et al) son su condición. Los temas de la errancia, el nomadismo, el viaje no son mera ocurrencia o evento de raigambre sociológica en el plano de la danza como un hecho de saber; son su postulado epistemológico: la presentificación de un cuerpo habilitado para diferir constantemente de su propio modelo, de sus hábitos, de sus espejos y reflejos. Postulado tan antiguo como potencia por venir. El cuerpo que es danza, el cuerpo que sabe ser estado de danza es de un talante tan ancestral que está siempre por nacer.
  Es de esperarse que la danza y el nomadismo adquieran manifestaciones de relación evidente en ámbitos de precariedad laboral. Sin duda, será importante documentar y analizar las consecuencias de bailarines, coreógrafos, maestros, investigadores y críticos que asuman e inventen nuevas formas de articular campos de trabajo, en situaciones de constante mudanza, alejados de las convenciones espaciales y administrativas. Pero lo que aquí propongo es considerar la base de potencia viajera que la danza, como estado del cuerpo, adquiere en el desarrollo de una conciencia que busca ser su propio referente de autonomía vital.
  Ya no se trata entonces de elucidar la tendencia al cambio de practicantes arrojados, por su decisión o por circunstancias adversas, al trasiego frecuente de su propia actividad; sino de apreciar que en el fundamento de la potencia de transformación que sustenta el estado danzario destaca la inclinación a cumplir un impulso divergente que compromete los múltiples niveles de experiencia. Se trata, diría Nietzsche, de una potencia revolucionaria en el hecho que ella misma, en todas sus aristas, posee la capacidad de devenir Revolución.
  Ese primer bailarín vagabundo al que alude el maestro Ko; ese que también es un herrero y es deforme, como el mítico Hêphaistos, es también el último bailarín posible y asimismo cualquier variante de bailarín que pueda ser detectable en la mirada. Es la conciencia de la respiración total del cuerpo como pulso del Tiempo. En este orden de ideas, es el reflejo carnal de la muerte constante. De una muerte que no es fin, que es tiempo. Ese tiempo de propia invención que cada danzante conquista para sí en el viaje incesante de una determinación apenas perceptible, pero contundente.
  No hablaríamos entonces de la danza y el viaje, sino de la danza como viaje. Del viaje como una experiencia capaz de experimentarse como tal. Mirar de la mirada, pulso del arrojo, liquidez de la idea con horizontes trascendentes. La presencia de la danza es mudanza que es encarnación diversa de su estado como tal: como presencia, como presente. La presencia en estado de danza es el camino, el carruaje, el conductor y el pasajero de aquello que solemos llamar Tiempo.


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